Agoney apareció el pasado sábado 13 de junio en La Sala del Movistar Arena de Madrid como quien entra en una habitación decidido a prenderle fuego desde dentro. Había algo de ajuste de cuentas con su público de la capital y una voluntad evidente de marcar distancia con aquel joven de voz portentosa que el gran público descubrió en un talent show televisado que volvía a brillar después de muchos años.

De aquel joven canario queda una voz más afilada, ahora mucho más consciente de su alcance. A su alrededor, sin embargo, ha cambiado casi todo: la imagen, la gestualidad y, sobre todo, una manera de estar en escena que ya no pide permiso cuando se entrega a un repertorio de alto voltaje emocional.

La noche tuvo desde el arranque un aire de ceremonia oscura. Con ‘Éxtasis’ planteó desde el principio un pop dramático repleto de tensión electrónica y teatralidad con una entrega vocal que crece cuanto más roza el exceso. Y es que lo suyo funciona mejor cuando se permite rozar el abismo, convirtiendo cada estribillo en una sacudida.

Un refugio atravesado por sombras

El escenario trasladaba al público al salón de una estancia atravesada por sombras, juegos de iluminación y una lucha abierta contra sus propios miedos. Dos pantallas, colocadas como ventanas, ampliaban esa idea: al otro lado no aparecía una calle tranquila, sino una proyección de sus demonios, una especie de exterior íntimo donde el artista se miraba, se desafiaba y, por momentos, parecía enfrentarse a una versión anterior de sí mismo.

© MADtime | Fotografía realizada por Samuel García

Acompañado por teclista y batería, Agoney optó por una formación medida, sin artificios innecesarios, capaz de sostener el voltaje de las canciones y dejar aire suficiente para que la voz mandara. Esa economía instrumental le permitió moverse entre el golpe seco, la atmósfera electrónica y el arrebato melódico sin perder tensión. En ‘Perficción’ apareció esa manera suya de cantar desde un lugar donde la vulnerabilidad se disfraza de desafío.

El concierto fue también una demostración de cuánto ha trabajado Agoney su propio personaje escénico. Ya no se trata de aquel intérprete de registro imposible que sorprendía semana tras semana en televisión. Ahora hay una estética mucho más definida, más arriesgada, menos complaciente. La imagen se mueve entre lo gótico, lo pop y lo ceremonial, con una fisicidad que evita la nostalgia del formato que le dio a conocer.

Hubo momentos de alto voltaje, como ‘Libertad’, donde el público respondió con la intensidad de una comunidad que reconoce códigos propios. Y hubo también espacio para el quiebro emocional. La entrada de Miriam Rodríguez, cómplice de una etapa inolvidable en su trayectoria, convirtió la interpretación compartida de ‘MÁS’ en uno de los momentos más celebrados de la noche.

A partir de ahí, el concierto avanzó hacia una zona cada vez más encendida, con hitazos como ‘Cachito’ e ‘Intacto’, que precipitaron el tramo final, donde Agoney abrazó del todo esa pulsión de incendio que atraviesa su repertorio. ‘Quiero arder’ sonó casi como una declaración de principios, la de un artista dispuesto a quemar la piel antigua, atravesar la incomodidad y salir al otro lado con una voz propia.

David Molina.