EXTRA!

El excepcional trabajo del siempre
aclamado Steve McQueen, ’12 años de esclavitud’, narra la brutal
experiencia, basada en hechos reales, que vivió el violinista negro Solomon
Northup a mediados del siglo XIX, siendo secuestrado y vendido como
esclavo a los terratenientes de las plantaciones del Sur de Luisiana. 



El
director británico ha puesto todo su empeño en trasladar al público una historia que no puede evitar compararse, por su ejemplo de superación y por la
inhumanidad de su entorno, con el mundialmente conocido ‘Diario de Ana Frank’
La película, que llega este viernes 13 de diciembre a los cines españoles, está nominada a siete Globos de Oro y parte como favorita para los próximos Oscar. 

El film es un ensayo sobre la
esclavitud en todas y cada una de sus dimensiones: la esclavitud que viven
aquellos que son considerados de una raza inferior o que ni siquiera son
considerados personas; la esclavitud de la mujer, que siempre es doble
esclavitud; la esclavitud de aquellos que son despreciados y sólo son capaces
de odiar; la esclavitud que puede provocar la religión; la
esclavitud de aquellos que se sienten inferiores y culpan a aquellos que creen
mejores que ellos mismos; y, sobre todo ello, la libertad que supone el
conocimiento.
 



La trama reflexiona sobre el peligro que puede suponer para el sistema una persona alfabetizada que crea por sí misma su propio pensamiento, y sobre el hecho de
que sólo esto puede llevar a la conservación de la dignidad cuando el mundo y todo aquello en lo que habías creído se desmorona.
Así, Steve
McQueen confirma con su tercer largometraje su interés por la materialidad del cuerpo humano. Ya
en ‘Hunger’ potenciaba las facetas más escatólogicas de la humanidad
como medio de rebelión, así como las heridas que las convicciones pueden
provocar. Por otra parte, en ‘Shame’ se centraba en la dimensión sexual y
en cómo una obsesión puede llegar a desbordar la existencia. Esta vez, el director se centra en el dominio del cuerpo humano por aquellos que
lo consideran una más de sus propiedades.
Reseñable la inteligente e
intensa dirección, que ya desde los primeros fotogramas nos señala que no sólo
quiere hacer patente una realidad, sino que cuenta con una clara opinión de la
misma. En una de las primeras secuencias el espectador visualiza a un Chiwetel Ejiofor encadenado en un sótano para ver, seguidamente, cómo la cámara sale del edificio para trasladarse por los tejados la ciudad de Washington hasta llegar a la Casa
Blanca, señalándola claramente como responsable de tantas historias similares a
las del protagonista.


Michael Fassbender
lleva a cabo una portentosa interpretación en esta tercera colaboración con
el director. El actor da vida a un terrateniente que expresa con cada uno de sus
gestos y actos que considera a los esclavos parte de su propiedad. En
cierto modo los aprecia, pues son sus posesiones, pero como tales los trata, sin soportar la idea de que tengan capacidad de iniciativa o de decisión propia,
pues en su mente sólo tiene sentido su existencia si complacen sus necesidades.

Estéticamente impecable, con una impronta
pictórica innegable, Steve McQueen parece querer trasladar el
realismo de escenas como ‘Los Picapedreros’ de Courbet o ‘Las Espigadoras’ de Millet a las plantaciones del Sur de Estados Unidos, destacando constantemente la monumentalidad del cuerpo humano en
contraste con el gran espacio vacío de los campos de trabajo, concediendo a los
esclavos el papel de silenciosos héroes,que sólo rompen su silencio para
cantar ‘Roll, Jordan, roll’.
Fotografía preciosista que
potencia la magia del paisaje y la luz de las profundidades del Sur, que se encarga de enfatizar la delicadeza del blanco algodón frente a la dureza
del trabajo que los negros realizaban para que otros lo disfrutasen. Terriblemente conmovedora resulta la historia de la pequeña Patsey
(Lupita Nyong’o) y las consecuencias que una simple pastilla de jabón puede
tener.
En todo momento se muestra la unión de los esclavos frente al aislamiento de la figura de los propietarios para darnos a entender, por un lado, que no se trata
de la historia de un solo personaje y, por otro, que
la lucha colectiva termina triunfando, con mucho esfuerzo, a largo plazo. 
Brad Pitt
sirve de conclusión a este ensayo, pues en palabras de su
personaje, 
el carpintero Samuel Bass, ‘ningún ser humano puede dar latigazos
a otros sin destruirse él mismo’
También Tarantino en Django desencadenado’ nos mostraba, no hace mucho, aunque desde un tono
completamente distinto, la dureza y brutalidad del mundo de los esclavos negros. 


Tras el reciente fallecimiento de Nelson Mandela, todo un símbolo del movimiento por los derechos de los negros, nos hallamos de nuevo ante un manifiesto por la libertad e igualdad de los seres humanos, justo en el año en que se cumple el 160 aniversario de la libertad de Solomon Northup.