EXTRA!

El escenógrafo y director de escena Paco Azorín
nos invita a una revisión contemporánea del clásico de Shakespeare, ‘Julio
César’, en el que el poder y la codicia que éste genera en los hombres produce una dicotomía moral: ¿es posible justificar el asesinato de una
persona a cambio del bienestar de todo un pueblo?
La obra, que ha cosechado
excelentes críticas desde su representación en el Festival de Mérida, puede disfrutarse hasta el 2 de marzo en el madrileño Teatro Bellas Artes.

La producción cuenta con un inmejorable trabajo actoral en el que destacan Sergio Peris-Mencheta,
interpretando al apasionado y enérgico Marco Antonio, y Tristán Ulloa, como un noble y engañado Bruto que brilla con luz
propia junto a la sosegada a la par que potente interpretación que Mario Gas realiza del propio Julio César. El elenco lo completan otros cinco actores, todos ellos hombres, enfatizando las consecuencias que ha tenido el dominio en manos del género masculino y los valores
asociados a éste.
 El montaje muestra cómo el poder se mantiene
inmutable cambiando de unas manos a otras a base de guerras y
golpes de estado.
La escenografía se
presenta como uno de los mayores aciertos de esta revisión
. Un inmenso obelisco – como alegoría del poder
masculino – invade la zona izquierda del escenario, mientras que unas ordenadas sillas representan a los grandes hombres que poco a poco se irán desparramando según el caos se vaya apoderando de la República. Del mismo todo, ese enorme obelisco se
verá finalmente derribado en el agujero negro de la entropía.
El negro devora todo el escenario y se convierte en un
protagonista más, como presagio de los trágicos augurios que advierten a Julio
César que se guarde de los idus de marzo, símbolo de la
incertidumbre que se cierne sobre los sistemas a punto de colapsar.
La importancia que cobran los actores y sus potentes voces en medio de la oscuridad se convierten en grandes virtudes de la obra. Sólo otros dos colores destacan sobre ese negro: el rojo de las vestiduras que simboliza la sangre y el blanco azulado de los
fantasmales rostros de los actores que se proyectan en una pantalla durante
todo la obra.
Una pregunta resuena como un eco tras una representación que nos recuerda que la República (y la democracia) es fácilmente corruptible: ¿cómo impedir su corrupción sin caer en la traición?